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Hubo un tiempo en que la lucha contra el moro estaba bien vista, incluso jaleada, considerando a su primer líder, el noble visigodo don Pelayo, como un providencial elegido, martillo de herejes, paladín de la cristiandad, y todos esos apodos tan salaos que siglos más tarde emularía el Capitán Trueno triunfando durante años a golpe de cómic, aunque fracasando estrepitosamente en el cine a golpe de taquilla.
La heroicidad de don Pelayo, dando matarile a un numeroso ejército sarraceno desde lo alto de un desfiladero asturiano, con una tropa compuesta por apenas una cuadrilla de reclutas, cuatro jubilaos aburridos y una vieja de colmillo retorcido a la que se le acababan de quemar la fabes, la llevamos tatuada en el inconsciente colectivo patrio como origen de la Reconquista. Y así seguirá siendo, transmitiéndolo oralmente a nuestros descendientes con el aliño especial de cada narrador, lejos desde luego de revisionistas destruye mitos que disfrutan eliminando cualquier poso heroico de nuestro pasado guerrero.
Una de estas leyendas con las que muchos hemos crecido es la historia del hijo de don Pelayo, Favila, de efímero reinado, del 737 al 739, ya que picó el billete para el otro mundo a manos de un oso que por lo visto tenía enfilada a la monarquía. Sobre tan afamado óbito la doctrina discute. Una corriente dice que se trató de una mala tarde de caza, mientras que otra opina que se debió a un asesinato político, con lo que ya podemos imaginar al sicario de turno, con el disfraz de mascota de centro comercial, sudando como un condenado y con el puñal escondido en sálvese la parte. Incluso existe una tercera que defiende la tesis que Favila se fuera para el oso como una prueba de virilidad, típica prueba de valor exigida a los nobles de la época, en plan, ¿Que no hay huevos…? Aunque qué quieren que les diga, para eso mandas al escudero y si sale bien la cosa te apuntas el tanto.
Obviamente, la historia que más ha calado ha sido la del abrazo del oso. Aquella en la que el bueno de Favila, montero de toda la vida, no de los que se compran el kit de escopeta, barbour verde y sombrerito tirolés el día antes en El Corte Inglés, tras una escaramuza con los mojamés, se le antojó ir de caza. Sin quitarse el saco de malla, pavés en mano (escudo que cubre casi todo el cuerpo) y la espada al cinto se adentró en el monte. Y eso que su mujer, la reina Froiliuba, visionaria a lo Raphel, le dio calor con que tenía un mal presentimiento, que si llevaba todo el día peleando y estaba cansado, que si tenía que ir a hacer un recado, que por la tarde venía el del gas y no quería estar sola en casa… El caso es que al rey le dio igual, se puso su azor en el hombro, a modo de loro de Long John Silver, y tomó las de Villadiego.
Favila se adentró en el bosque y terminó llegando a un vallecillo que había en el monte. Fue entonces cuando andando, andando se topó con un oso. Este, nada más verlo, se lanzó hacia el rey suponemos que contento por que la vida le obsequiaba con una jugosa merienda que zamparse tras pasar toda la tarde jugando al teto con los amigos. Ante aquella terrible carga, Favila tan sólo pudo tirarle el pájaro a la cara para ganar algo de tiempo, suponemos que con el consiguiente insulto a sus ascendientes por parte del pobre azor, y acto seguido pegarle una mojá, según cuentan las crónicas, por los pechos o hijadas. La pena fue que al oso le dio por dar abrazos partecostillas, de esos que dan las madres cuando uno viene pasar una semana en Cuenca pero lo reciben como si llegase de reconquistar el Peñón. Y tanto apretó el bicho el pobre Favila quedó listo de papeles al segundo abrazo.
Hoy en día, en la localidad de Llueves, perteneciente a Cangas de Onís, existe una piedra donde se recuerda el lugar y fecha donde un plantígrado picajosillo dio matarile al hijo del primer héroe de la reconquista. Un buen hermoso lugar para ir de visita.
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Comentarios "Favila y el oso, entrañable historia asturiana"
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