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Hay numerosas leyendas de títulos coincidentes pero contenidos divergentes, aunque en muchos casos, es el mismo hilo moralista el que subyace entre las costuras de las diferentes narraciones. Algo que ocurre por ejemplo con La cruz del diablo, potente enunciado que el viejo Bécquer plasmó dentro de su mítico libro de 1860, Leyendas, imprescindible para todo aquel amante de la buena literatura y añejas historias de fantasmas contadas a la luz de una chimenea por una vieja de tres dientes y tiernecita de orujo.
Dicha leyenda, que en su caso la trama es más de carácter guerrero y la cruz se elabora con los restos de una malosa armadura con vida propia, se desarrolla en Bellver de Cerdaña (Lérida), en las estribaciones del Pirineo. En cambio, la historia de la que vamos a hablar tiene lugar en Cuenca, patria de Maricarmen y sus muñecos, aunque creo que Doña Rogelia no está empadronada, y de José Luis Perales, nacido en el pueblo de Castejón y sempiterno Julio Iglesias de los pobres.
Pues sí, aquí. En esta pequeña y hermosa ciudad de provincias, de la que sólo se acuerdan los medios cuando algún matrimonio corta a las bravas sus lazos emocionales o bien toca un tercer premio de la lotería de Navidad y los directores de sucursales bancarias mandan a sus buitres a revolotear y, si les dejan, dar unos buenos picotazos al riñón de aquellos infelices a los que la diosa fortuna les acaba de hacer una pequeña puesta a punto.
Tras bajar por unas escaleras de piedra nos encontramos con la ermita del Santuario de las Angustias, erigida en el siglo XIV, aunque la que existe hoy en día se llevó a cabo en el siglo XVIII. El lugar donde se produjo el hecho crucial de la historia. Pero empecemos por el principio. Cuentan los viejos que hace muchos años vivió por allí un mozuelo de rostro agraciado y cuerpo a juego con sus bendiciones faciales. Hijo para más señas del oidor de la villa, es decir, juez miembro de las reales audiencias o chancillerías, quienes asesoraban al rey o mandamases de la zona a la hora de juzgar, bien para mandar a la hoguera a este, enviar al trullo al otro o embargarle las calzas al de la moto.
El caso es que el chaval además de guaperas era mentiroso, bravucón y pendenciero. Lo que se dice un hijoputa, vamos. Y encima, pichabrava. Ya me está mosqueando este tipejo. Sus hazañas eran conocidas por toda la comarca y se zumbaba a todo lo que se movía, dicen que hasta a una decrépita castañera a la que encontró agachada una noche en su habitáculo buscando una moneda que se le había caído. Aunque bueno, salvo casos extremos como este último, el angelito se movía en el entorno del ocho y medio para arriba. Y siempre hacía lo mismo. Rondaba a las mozas casaderas, les contaba milongas, las llevaba a dar un garbeo por el campo en plan, ven que te tengo que enseñar una cosa, y al rato volvían los dos con cara de alegría, ella organizando mentalmente la colocación de los invitados para el convite de la boda y él pensando en las jarras de vino que en unos minutos se iba a cascar en la tasca del Eufrasio. Y por supuesto, contar a los amigotes su triunfo nada más entrar por la puerta, como hacían Dominguín, Manolo de Vega e incluso dicen que el Fary, cuando Ava Gadner hacía su famosa ronda por las bares de Madrid.
El mozo llevaba unos números impresionantes cuando apareció por la ciudad una atractiva hembra llamada Diana, de poderosas hechuras y mirada de las que rajan el alma, la cual logró estancar sus triunfos en 665, polvo arriba polvo abajo. Todo el sector masculino local le tiró los tejos con el consiguiente marroneti, algo que sin duda alegró a las numerosas mozas huérfanas de rondas lascivas, quienes mataban su aburrida juventud alicatándose de supuestas pócimas mágicas con las que atraer a lo que fuese. Nuestro guaperas sacó entonces la artillería, encantado de vérselas con un reto tan difícil. Rasureitor, enfundado en sus mejores ropajes y con unas gotas de Álvarez Gómez impregnando su cuello, se presentó ante Diana. Tiró de grandes éxitos y su víctima se dejó llevar. Pero sólo un poco. Ese suficiente y maquiavélico que las mujeres saben muy bien medir, dejando al galansote con cara de imbécil y el apéndice de la virilidad inflamado como si le hubiese picado una avispa. Hecho por cierto que le llevó a un acoso y derribo constante hasta que la magnífica estratega claudicó y le dijo: Te espero en la puerta de las Angustias. Seré tuya en la Noche de los Difuntos.
El conquistador conquense se sorprendió un poco por el inesperado contexto a lo Tim Burton elegido para la cita, pero bueno, la calentura era la calentura y, mientras se estiraba hacia arriba los pantalones, dijo, vamos payá. La noche de la cita no era precisamente de las de chiringuito de Fuengirola. Rayos, truenos, vientos huracanados… Cuando el chico llegó como pudo a la puerta de la Ermita, allí estaba ella. Poseído por la libido, se lanzó hasta la moza, la cual, receptiva, lo cubrió de ósculos por todo el rostro hasta terminar en uno largo de tornillo roscachapas de los de dos rombos por lo menos.
El caso es que el jovenzuelo, visto que la buhardilla estaba despejada, le dio por hacer una inspección por el sótano. Diana, poseída sin duda por el lúbrico Que no falte de ná, le dejo trastear e incluso le facilitó el trabajo, abriéndose la falda y enseñando cacha. Las manos ansiosas del chico recorrieron sus piernas de starlette, hasta detenerse en los zapatos. El hombre se disponía a quitárselos cuando se percató de lo extraños que eran. Pasó de pensar que eran unos botines, para luego optar por unos crocs a lo Frank de la jungla, tirar después por unas cuñas hasta terminar tragándose sapos y culebras y descubrir que eran pezuñas.
Miró entonces a su cara, luego a la pezuña, otra vez a la cara, luego a la pezuña, así un rato. La pierna se llenó de pelos y la cara se convirtió en un ser monstruoso. Hasta que su hasta hace unos segundos mito erótico le dijo ¡Que sí, coño, que soy el diablo! Madre mía. Junto a ellos había una cruz de piedra y el angelito pegó un desesperado salto a lo parkour en el que perdió tres dientes al darse de morros contra la base de piedra, pero bueno, lo importante es que llegó. Justo en el que el diablo lanzó un zarpazo que le rozó la espalda y que terminó golpeando la piedra y quedó grabado en ella. El chico aprovechó el despiste tras el manotazo y se adentró en el convento, echó el currículum en plan candidatura espontánea y se dice que no volvió a salir.
Lo cierto es que la cruz existe y el supuesto zarpazo también se mantiene en la piedra. No está nada mal la leyenda y merece la pena, cuando visiten Cuenca, darse un garbeo por la ermita santuario de las Angustias y hacerse una idea de lo que pudo ocurrir. Igual les sirve para reflexionar y poner en guardia sobre a quien le tiran, han tirado o tirarán los tejos en noches de tormenta.
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Comentarios "La cruz del diablo, Cuenca, una leyenda que a todos nos puede pasar"
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